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Una antología de la Asociación Prometeo de Poesía

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Poesía de Siempre      Olga OROZCO


Olga OROZCO







La antología Poesía de Siempre se ha preparado con 50 poetas de lengua española contenidos en el libro Poetas del pasado, de Juan Ruiz de Torres, más otros seleccionados, ilustrados y comentados por distintos antólogos cualificados, en varios países.

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BIOGRAFÍA.
Toay, La Pampa (Argentina), 1919 - Buenos Aires, 1999. Nombre civil: Olga Noemí Giuliotta; tomó el apellido de su madre. Ensayista, periodista, prosista, traductora. Poemarios: Desde lejos (1946), Las muertes (1951), Los juegos peligrosos (1962), La oscuridad es otro sol (1967), Museo salvaje (1974), 29 poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), Obra poética (1979), La noche a la deriva (1984), Páginas de Olga Orozco (antol. 1984), Antología poética (1985), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994). Premios: Municipal (1962), Fundación Argentina para la Poesía (1972), Nacional (1988), Juan Rulfo (obra) (1998), Fondo Nacional de las Artes (Gran Premio), Esteban Echevarría (Asoc. Gente de Letras) (1981), Gabriela Mistral. De poesía: Lo sagrado y lo oculto en la poesía moderna. Sobre su obra: Gómez Paz, Julieta: Cuatro actitudes poéticas. Olga Orozco, A. Pizarnik, A. Biagioni, M.E. Walsh (1977).


EL RESTO ERA SILENCIO

Yo esperaba el dictado del silencio;
acechaba en las sombras el vuelo sorprendente del azar, una chispa del sol,
así como quien consulta las arenas en el desierto blanco.
El no me respondía, tercamente abismado en su opaca distancia,
su desmesura helada.
Calculaba tal vez si hacer hablar al polvo que fue columna y fue fulgor dorado
no era erigir dos veces el poder de la muerte,
o si nombrar enigmas al acecho y visiones que llevan a otros cielos
no era fundar dos veces lo improbable, como en la vida misma.
Quizás siguiera el juego de unos dados que no terminan nunca de caer,
que giran como mundos extraviados en el vacío inmenso.
Yo aventuraba voces de llamada en la bruma,
sílabas que volvían tal como la paloma del diluvio volvió por primera
vez al Arca,
balbuceos deshabitados hasta nadie, hasta salir de mí.
El crecía entre tanto a costa mía y a expensas de la Historia,
amordazando al tiempo, devorando migaja por migaja la creación.
Era todos los nombres y era el tigre,
el color del crepúsculo, los mares, el templo de Segesta, las tormentas.
Denso como la noche, contra la noche muda me acosaba.
Y ya no había más. Éramos, él y yo.
¿No fue entonces extraño que de pronto lo viera casi como al Escriba,
remoto, ensimismado, frente al papel desnudo,
con los ojos abiertos hacia su propio fuego sofocado
y la oreja tendida hacia el sermón del viento y el salmo de la nieve?
Había una sentencia en su página blanca,
un áspero dictado caído de lo alto hasta su mano:
" Y haz que sólo el silencio sea su palabra".

(De En el envés del cielo)


PAVANA PARA UNA INFANTA DIFUNTA

Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre y se multiplicaban a medida que tú destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
Más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Exigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
Amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.


COMENTARIO
Abierta `plenamente a todas las llamadas del más allá, invadida de voces, de rostros, de señales que emergen y se desvanecen en la eternidad fugaz del tiempo y la memoria, la poesía de Olga Orozco expande los latidos del mundo, de la realidad y sus reflejos infieles. Tensa, centelleante, de poderoso aliento, su escritura revela un implacable movimiento interior, la multiplicidad vertiginosa de una conciencia alucinada y lúcida, continuamente al borde del abismo y del vuelo. Inmersa en la intemperie, desterrada de sus moradas ancestrales, no ha cesado de contemplar a cada paso "los rostros extremos del horror, de la extrema belleza". Así como padece la herida del origen, no menos honda es su nostalgia del paraíso lejano y los primeros soles, no menos grande su anhelo de reencontrar, en la soledad del poema, la unidad esencial, el sagrado e inefable centro, quizás la última respuesta. (Ana María Del Re)

La poesía de la argentina Olga Orozco queda para siempre en la memoria de los verdaderos aficionados a la poesía por su empuje verbal inigualable y su poderío sintáctico. Habitualmente elige el versículo para encauzar sus apabullantes letanías, sus enumeraciones cósmicas, sus anáforas. No encontramos en ella audacias asociativas ni arbitrariedades semánticas, porque Orozco se vale de la poesía para comunicarse en primer término, y aunque el molde es grandioso, y lo que dice es con frecuencia trascendente, consigue que su voz suene pequeña gracias a su modestia y a su sinceridad. Se vale con frecuencia de la acumulación descriptiva para edificar sus poemas masivos, y consigue mantener una tensión constante porque resuenan en ella los ecos tremendos del verbo de Casandra. Los alemanes, para referirse a los poetas, emplean la palabra Dichter, el que dice. Sin duda Orozco pertenece a la egregia estirpe de los poetas-dichter, los poetas que han dicho algo. (Alvaro Fierro)