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BIOGRAFÍA.
Cumaná (Venezuela), 1890-1930.
De púber comienza a frecuentar a los clásicos en la biblioteca de un tío e inicia su aprendizaje de idiomas (latín, griego, alemán, italiano, inglés, francés), y allí se fija su personalidad solitaria. En Caracas estudia Derecho y ejerce como profesor de liceos. Ulteriormente ingresa como funcionario en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Desde 1914 comienzan sus colaboraciones literarias en diarios y revistas, aunque su escritura resultaba un tanto extravagante para la mayoría, salvo para el grupo vanguardista de la revista Válvula, donde le invitan a colaborar. Hacia 1920 se agudizan sus insomnios y enferma de amibiasis. En 1929 obtiene el nombramiento de cónsul en Ginebra. Aquí surgirán sus tendencias suicidas causadas por su terror a la demencia propia. En 1930, una sobredosis de hipnóticos lo lleva a la muerte. Su obra poética consta de tres títulos, todos imprescindibles: La torre de timón (1925), El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929).
OMEGA
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el olvido solemne.
(De El cielo de esmalte)
COMENTARIOS
Con Ramos Sucre se funda la vanguardia poética en Venezuela. Su inigualable maestría con el poema en prosa, con el rigor semántico y rítmico de la palabra, con las máscaras, los personajes y las dramatizaciones como recursos estilísticos, lo convirtieron en paradigma y referencia. La suya es una poética que se implica profunda y críticamente en la realidad mientras parece eludirla, y es intensamente personal desde un corpus que sólo semeja privilegiar al simbolismo más abstracto. Su médula es el yo atormentado y la perfección del lenguaje, fascinante hasta el milagro. Con la fusión de uno y otro se empeñó en tocar los absolutos presentes en la contingencia y esencia de lo humano.(Joaquín Marta Sosa)
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