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Ardiente afán por lo inasible.
Cegado tímpano de espejos que consume esta epidermis arrogante en su precaria ingravidez de rosa.
Oscura cicatriz de la memoria –exigua validez de cosas muertas- oprime inútilmente a la materia que
arisca,
sola,
bifurcada,
huye de esos tórridos confines, se oculta a la rendija que la explora.
Trucha que se escurre de entre puños llevando su presencia hacia el olvido.
Mientras
Austera, estéril, coronada, la razón prendada de espejismos clama ávida en su légamo de escamas. Abrasada, sí, por deseos caducos –concebir lo incierto-, por esos pies de barro que sostienen, crudos, su altivez omnipotente.
Qué ríos de emponzoñada sangre manan de impotencia, qué vientre reventado sin parir.
Círculo vehemente que no alcanza lo que atisba su linterna.
Triste mote, sapiens, para el hombre. Se cree hacedor del mundo, y no puede crearse ni a sí mismo.
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