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Una mano resbala por la pared rugosa, rozando
los restos de una sombra eterna, el mar muerto
de una soledad que imprime su sentencia
sobre la piedra tosca de la angosta celda.
Una mano busca el perfil de la ausencia, la máscara
de un disfraz que oculta largas horas de miedo, la pena
tallada a filo de navaja por la voz del prisionero.
El tiempo juega a ser verdugo con los ecos rotos
que la pared desdobla en un rincón oscuro: allí
donde una mano borra la tez de la memoria
y la nada alimenta a los cuervos del sueño.
Tiembla la luz bajo la bóveda del fracaso y regresan
los jinetes del frío a cobrarse el dolor de la pieza,
las briznas de silencio que unas manos sostienen
como única ofrenda para ángeles de hierro.
Una mano resbala por húmedas páginas de piedra
manchando de sangre –culpable o inocente-
el muro donde la vida se escribe sin palabras;
sabiendo que ese hilo de sangre será piel de sombra
para la última noche en los pozos de Venecia.
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