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La orilla opuesta de la vida; el salto a la oquedad.
Nada ni nadie en el vacío más inhóspito del vértigo.
Manos que atrapan, oprimen, estrangulan;
encelan la existencia concebida como inalterable.
Un hueco en la sombra del alma;
Los llantos asidos a una soledad sin esperanza:
¡Rabia entre plomos y llagas!
La súplica, el rezo. No importa la confesión.
Nada alcanzará al inasible Dios que nunca se conmueve.
Un Dios, el que sea, con las puños cerrados,
las pupilas sin llanto; una piedra en la sima del corazón.
Mueren, sedientos, los niños -de ojos grandes y secos-
con un dolor sin lágrimas: adultos ya antes de ser.
La inocencia, herida;
el juego, mutilado;
la espera, adormecida en el tumulto de la nada
Arden mil fuegos: misiles de ultratumba.
El astado vence;
¡Ya no sirven plegarias!
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