|
Al hombre, apenas nace,
lo comparan, lo miden,
lo presumen,
se lo prestan al sueño,
se lo confían al talco,
lo bañan en la espuma del cariño,
le hacen su eternidad y se la ponen.
Hasta que llega el día
en que el bozal del alma lo estrangula
porque ya no le cabe la inocencia
en los espacios íntimos del cuerpo.
Entonces el amor lo echa a la calle.
Lo mete a las cantinas,
lo entretiene en los cines,
lo derrumba en el ocio,
lo arropa en la esperanza,
lo acuesta en camas públicas que hieden,
lo regala al rumor,
lo tira a que lo pise la llovizna,
lo avienta a que el ayuno lo triture,
lo sienta en el silencio hasta que llora
y en la tentación hasta que brama.
Lo mece en los columpios del ensueño,
lo refunde en las grietas de la lástima,
lo amarra al palo seco del insomnio,
lo encierra en los corrales del suspiro,
lo arrea hacia la avenida y el paisaje.
Así lo trae al pobre,
cabestreando
como a cualquier hijo de buey.
|