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Esa mujer
se asoma a la vida
por la exigua ventana,
mientras voces de niños
aletean los pasillos, ahí,
cuando una voz cascada desde el rincón
oscuro, en letanía incoherente
mordisquea su siglo.
Un puchero revienta
las legumbres del mundo.
Los relojes disparan así,
fusilando las horas de esa mujer callada,
y el espejo se vuelve
para no herir azogues,
para ser generoso prudentemente,
para no reflejarla.
Cuando el llavín chirría
- el metal se queja -,
y esa mujer
se esconde, reza, y es que
el pánico clava la garra en sus fronteras.
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