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Rosario vuelta de espaldas
se duerme calles arriba,
la siesta pule el silencio
detrás de las celosías
y en las veredas trazadas
con celeste geometría
el sol, contando baldosas
se mete por las hendijas
de los zaguanes insomnes,
las ocultas galerías,
como en busca de secretos
y de mujeres cautivas.
Pero afuera, en la fachada
de las casonas altivas
los demonios de la siesta
protegen a sus cautivas
con mascarones de yeso,
brujas de mampostería,
o gárgolas trasnochadas
y ángeles de alas caídas,
amarinados de moho
por el polvo de los días,
aunque la siesta parezca
frenar al tiempo en su huída.
La siesta es ronda de gnomos
y de sirenas furtivas,
bajo ella yace la infancia
como una carta ya escrita
y el río brilla a lo lejos
cual una ilusión perdida.
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