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Hay un extraño en casa desde tiempo.
No tiene rostro, en su lugar
un diminuto bulbo de neblina
brota de los rincones descuidados
como una hierba. Pienso en el relato
de Stephen King que trata de un granjero
invadido de buenas a primeras
por una extraña plaga de maleza
que rompe en todos lados —la cocina,
el comedor, la sala, el dormitorio
hasta cubrir de pasto la apariencia
incluyendo la piel del inquilino.
Mas no vivo en el campo ni poseo
jardín, tampoco plantas o macetas;
algo debe impeler el crecimiento
de hongos de vapor en las esquinas
de las habitaciones. Ya vinieron
a revisar los ductos del sistema
de aire acondicionado, las rendijas,
los cables, cualesquier instalación.
Nada explica el fenómeno. La casa
vuelve a quedarse sola. Ningún técnico
logra aclarar el caso. Al mediodía
—mientras la luz rebosa a cielo abierto
como una fuente rota— los umbrales
conspiran bajo el velo de la alfombra.
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