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ERA UN TRABAJO DE MUJERES
limpiar el óxido y la yedra
al joven que en la fuente
orinaba mirando el horizonte.
Entre madres e hijas
quedó la ciencia del frotado,
el gusto de arrancarle al cobre
el moho que los inviernos dejaran al partir.
Sólo ellas sabían la leyenda
del triste desterrado, los siglos que llevaba
exhibiendo su nardo bello
en fuente para aves.
Y sabían también
qué noche, qué minuto de febrero bisiesto
el caño del orín pasaba a ser melaza
que al beberla
mitigaba el insomnio
y muchos otros males del alma femenina.
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