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El mar espumea cadencioso
en el caracol del oído.
Brilla de noctiluca
y cada destello que lo ilumina
es algo que alguien dijo
o el eco de una declaración de amor
que otro quiso hacer
y no llegó a sonidos,
encerrada en su propio silencio
como los peces o nochizos del bosque.
El mar de Dios
espumea cadencioso
en la espiral del alma.
Lo acusarán de nocturnidad,
el pobre,
que tanto ama esos rostros.
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