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En el silencio de la umbría,
sólo se escucha el golpear del viento
en las hojas grises de los álamos.
Los pájaros callan, apretados unos con otros
en la estrechez del nido.
Y cae la lluvia en caricia de sollozo
que lo envuelve todo.
El sendero tiene alfombra de luna blanca
sobre la tierra, preñada de noches negras y soles rojos.
Iban desnudos, sus manos enlazadas,
ligero y tierno el paso,
envueltos en el silencio de la luz y la sombra.
La caricia del agua abrazaba sus cuerpos.
No hablaban. Sentían.
Eran árbol y estrella, suspiro y canto,
silencio henchido de armonía.
Las huellas de sus pies sobre piedra rosada,
sobre guijarro blanco. Sonreían.
Desaparecieron, fundidos en el susurro del viento.
Pero antes, sus ojos jugaron un instante
con la canción del agua.
En el breve sendero de escondido camino
solo quedó su aliento en un dulce perfume
prendido en la enramada.
Sobre la vieja tierra se tendieron sus sombras.
Y la noche seguía negra
y la luna seguía blanca.
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