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El fiero capitán que se estremece
por los bordes palmípedos y aspados
del mar en mazacote lujurioso,
no puede encomendarse a la deriva.
Se dice que dejó en la lontananza
de un puerto desclavado alguna furcia,
y a punto de sirenas siempre ve
las olas confundidas con las ingles.
No puede encomendarse y se contempla
vestido de reflejo en el baldeo
como un cuerpo desnudo que le ignora.
Los dientes le han temblado en este orgasmo,
y al sol de mediodía se va a pique
con nave y navegantes. Mala suerte.
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